Huxley, conocedor de la relación profunda entre los metales, las piedras y los estados visionarios, afirmaba que una obra de Paolo Uccello, el Ventanal de la Resurrección de la Catedral de Milán - cuatro metros cuadrados de vidrio en colores purísimos- era “ la obra de arte inductora de visiones más extraordinaria que jamás se haya producido”. Y bueno, uno se revuelve porque piensa al punto en la Alhambra, una de las epifanías más exageradas de la historia.
Ya en otro ensayo considera la Madonna Della Misericordia, de Piero Della Francesca, como el retrato más bello nunca realizado. Y claro, uno se opone porque piensa nuevamente en la Alhambra a media noche, su carácter de retrato y talla religiosa, solo superado por el rostro de la mujer de la Alhambra de 1987, sus ojos azules, “la obra de arte inductora de visiones más extraordinarias que jamás se haya producido”.

Todo lo cual lleva a pensar en la calavera de Mitchel Hedges, réplica de cristal de una calavera precolombina usada con fines rituales. Escribe Stanislav Groff que la calavera Mitchel Hedges “tiene fama de haber originado profundas modificaciones de conciencia en quienes han entrado en contacto con ella”. Y bien, a uno le parece que la Alhambra actúa sobre los estados superiores de conciencia y que en sí misma, afecta el sistema nervioso con las propiedades de sustancia enteogénica ( y metanoica) intravenosa.

Dando vueltas al tema recordé el políptico de la princesa Antonia de Württemberg, pintura iniciática que se encuentra en una iglesia de Bad Teinach, en la Selva Negra, a la que Oetinger, el teósofo, dedica un Comentario donde expone su filosofía sagrada. Bien, un visionario, Michel Hahn, inspirado por dicho Comentario, funda una comunidad religiosa cuyos fieles, entre otros preceptos, deben peregrinar hasta Bad Teinach para meditar ante el políptico iniciático de la Princesa Antonia, rito que ha tenido lugar hasta hace bien poco.
(Florenski, en esa línea, afirmaba que los iconos de Rublev suponen la prueba más irrefutable de la existencia de Dios).

Y uno, que ha paseado demasiado por el Paseo de Los Tristes, considera La Alhambra y se admira de comunidades que se llegan hasta la Selva Negra no por razones turísticas, sino por razones religiosas, para meditar los misterios desvelados por una pintura, capaz en sí de propiciar la Experiencia, y me pregunto si es posible que nadie, ni una sola comunidad, sacramente este lugar, esta visión, siendo como es icono, signatura, belleza triste y supererogatoria, prueba ontológica de la vida póstuma del Dios, como lo era y aú más el rostro extraordinario de la mujer de la Alhambra, sus ojos azules, “la obra de arte inductora de visiones más extraordinarias que jamás se haya producido”.          

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